• Núria Escur - La Vanguardia

Artur Sarró: “Viajar también puede curar”


Artur Sarró - Psiquiatra y viajero

Modesta –¿existe mejor nombre para una asistenta que lleva más de veinte años en una casa?– se presenta en la sala repleta de objetos africanos. Entre tallas y máscaras, unas quinientas catalogadas. El doctor Arturo Sarró, psiquiatra como su famoso y peculiar padre –“que sólo viajaba cuando tenía que asistir a un congreso”–, se instala a sus 68 años en este sofá tribal y comenta que hasta los 40, con lo tímido que era, siguió hablando de usted a todo el mundo. Su abuelo gestionó la primera editorial geográfica que hubo en Cataluña, de modo que él creció entre láminas coloreadas de países. “Tenía un libro que se llamaba ‘Maravillas de la vida animal’, lo único que he heredado de entonces; ahora lo veo totalmente desfasado, pero entonces me fascinaba.” En su primer viaje importante, Arturo Sarró tenía destinado volar en jueves, pero su mujer le convenció para atrasarlo. Aquel avión del jueves explotó, lleno de militare

s venezolanos. “Probablemente aquello fue un atentado, pero entonces no se estilaba llamarlo por su nombre.” El doctor Sarró ha tenido, entre sus pacientes, algunos con fobia a viajar, “una paradoja, en mi caso”. La primera de ese tipo fue una enfermera que se moría de ganas de viajar, pero era incapaz. “Acabó enviándome una postal: estaba haciendo camping en Pakistán. Curada.” Sarró, en broma, dice que va a montar una agencia de viajes pensada para fóbicos. En las estanterías descansan unas cuarenta películas filmadas por este hombre en todas las tribus africanas imaginables, desde los años sesenta. “Mi primera adquisición fue una calabaza en Chad.” Viajaba entonces con el doctor Lentini o con Albert Folch. Pero como coleccionista profesional se estrenó en 1972, en Botswana y Zimbabue. Desde entonces reconoce que, en cuestión de compras, sufre una peligrosa tendencia a dejarse llevar. Los primeros objetos que adquirió, antes de aprender el arte de negociar, le parecen ahora impresentables: “Siempre acabas con la sensación de que te han estafado”. Irene, su mujer, le apunta. Tanto que él se pierde. Tienen tres hijos, uno de ellos antropólogo. Devino psiquiatra porque su padre así lo decidió –“ni se me ocurrió protestar”–, pero su verdadera vocación era la de naturalista. “Los africanos viven felices hasta que alguien les pasa ‘Dinastía’ por la tele. Y también tienen sus depresiones, ¿sabe? Allí, el único tratamiento que conocen es el electrochoque, no hay dinero para más. Entre los dogones hay muchos suicidios. ¿Qué les recomiendo? Que vayan a su brujo, claro. ¡No voy a soltarles un rollo sobre trastornos bipolares! Viajar también puede curar.” Convencido de que en Occidente existen más tensiones en los trabajos que en los matrimonios, define al urbanita como animal muy peligroso. Él mismo ha ido al psiquiatra, “mejor que no sea muy amigo tuyo”. Hombre práctico, sigue creyendo que el psicoanálisis no tiene ninguna capacidad terapéutica –“aunque es muy agradable que alguien escuche tus problemas”– e insiste en dos de sus convicciones: “La depresión no se cura, se arregla” y “las fobias y las depresiones se traspasan. Se hereda el pensamiento”. Habla de las tribus africanas que se insertan un plato en el labio: “Para colocarlo tienen que arrancar los dientes de la hilera inferior”. ¿El viaje en que pasó más miedo? Zaire. ¿La sensación más extraña que recuerda? Camerún, “cuando me gritaron mis compañeros: ‘¡Arturo, tienes detrás un león!’. No se me ocurrió otra cosa que meterme en los caminos trillados que hacen los hipopótamos, una especie de túnel por el que me colé hasta llegar al río. El hipopótamo dentro del agua no es peligroso”. ¿Lo más extraño que ha comido? La “injera”, de Etiopía, “especie de esponja de cereal con aspecto de tripa”. ¿Cuál de sus objetos le dolería más que le robaran? Señala, azorado, una escultura de una maternidad, escultura Deble de Costa de Marfil. Por ella pedían 2 millones de pesetas y acabó pagando 60.000. Buen negocio y mejor adrenalina.

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